
Volví a salir de noche. Reconozco que ha sido por trabajo y no por placer, pero eso implica elegir ropa linda y volver a arreglarme todo lo que es el caracho. De hecho, el otro día me di cuenta de que se me habían terminado los polvos, no sean mal pensadas, me refiero a los polvos cosméticos. De los otros no tengo para cuando, los países bajos tienen sus fronteras cerradas por largo rato.
Figuraba en una multitienda buscándolos y la chica encargada se ofreció a maquillarme, tenía tiempo así que me instalé, entregada. “Maquíllame con todo”, necesito cariños, le dije. Terminamos chanchas amigas y después de que había transformado a esta muñequita con sus mimos, la abracé, agradecida porque no sólo me dejó linda, sino que además modificó mi día.
Salí de la tienda y puse a todo volumen “Good Luck, Babe!” de Chappell Roan, la que considero es una de las mejores canciones del 2024, bueno no sólo yo, la revista Rolling Stone la eligió como tal. Ese momento fue decisivo, algo así como lo que llamamos cierre. En realidad, esta semana tuve dos instantes en donde sentí que me despedía.
El otro fue el lunes, en el concierto de la banda británica Tindersticks, donde lloré como Magdalena. Si bien estoy emocional, mis lágrimas eran más que todo porque me vi afectada por el síndrome de Stendhal, que se da cuando la conmoción por una forma de arte es tanta, que la única manera de expresarla es a través de la emoción. Al cerrar el show, el quinteto tocó “Tiny Tears”, una de las canciones más hermosas de su catálogo y ahí cinematográficamente, lo solté.
Como sabemos que no es un proceso lineal, a veces retrocedo. Los sueños, por ejemplo, me traicionan. La semana pasada se me apareció tres noches seguidas. “Algo le pasa, lo presiento, quizás debería hablarle” le confesé a mi mejor amiga.
“¿Estás dispuesta a una respuesta que te deje más angustiada?” luego agregó “es el pensamiento intrusivo, no te expongas” dijo certera. Esto gracias a que su crecimiento interno la han transformado en un ser con una capacidad inmensa para sostener en tiempos difíciles con humor y sabiduría.
Acto seguido, reflexiono; si hay una mujer que me quiera tanto desde hace más de treinta años, es porque no lo he hecho tan mal. Me hace sentir valorada y elegida. Con respecto al hombre, aunque aún lo piense muchísimo, ya estoy lista para citar a Chappell y decir “good luck babe”.
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