
Dos meses y diecinueve días. Faltan las 500 noches, sobran los dos meses e invoco a Sabina, con la diferencia que a mi no me tiraron dos besos (uno por mejilla) y espero no tardarme esa cantidad de jornadas nocturnas en olvidarlo. Yo creo que los grandes amores nunca se olvidan, pero en un momento dejan de doler. Aún me duele, lo admito. Es difícil aceptar que alguien que fue tan cercano, de un día para otro sea un completo extraño.
En otro orden de cosas, mi madre y tías ya me están buscando novio. El fin de semana fui a un matrimonio familiar y por supuesto que quedé sentada en una mesa donde, por esas cosas de la vida, había un hombre soltero. Yo figuraba con cara de circunstancia y con unas ganas locas de ir a sentarme a la mesa del primaje. A pesar de eso tuvimos una conversación agradable, nos reímos y terminamos en la cama. ¿Se imaginan? Broma.
Hablando en serio, el chiquillo lo dio todo, pero no. A medida que pasan los años es muy difícil conectar, por eso aún me duele lo que pasó hace dos meses y diecinueve días. No me siento atraída fácilmente y tampoco me interesa el sexo ocasional. Eso no quiere decir que quizás en un par de meses me pegue un revolcón, su colchonazo. Pero mi aspiración es lograr una conexión real, profunda y no estoy dispuesta a conformarme con menos.
Al margen de tal aseveración, el magno evento implicó encuentros con familiares y la mayoría asumía que yo seguía emparejada. Para contextualizar, me divorcié hace seis años y el hombre fue mi primera pareja post separación, dicho apareamiento fue notición y motivo de felicidad para mi entorno. Entonces, la noche estuvo plagada de cuestionamientos, de reacciones sorpresa y de reafirmaciones internas que me envalentonaban para enfrentar este nuevo quiebre. Frente en alto, siempre.
Ahora ¿a quién le importa? a veces nos ahogamos en un vaso de agua y nos damos cuenta de que no somos las únicas. Prueba de ello son las conversaciones de baño con las primas que luchan día a día por sus matrimonios y que con un par de tragos en el cuerpo sueltan la pepa sobre su infelicidad, lo invisibilizadas que se sienten y la falta de sexo placentero.
Finalmente, lo que nos queda es empatizar, tratarnos con cariño y entender que además de toda la carga de la vida, las cuarentonas estamos con un desorden hormonal que nos ocasiona confusión, agotamiento e insomnio. Desorden que por lo menos yo, cargo en una mochila desde hace dos meses y diecinueve días.
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